sábado, 8 de junio de 2024

Particularidades del proceso de integración de los niños y niñas de condición adoptiva según la Teoría de la Integración de Monika Niensted y Armin Westermann (1991)

 

Particularidades del proceso de integración de los niños y niñas de condición adoptiva según la Teoría de la Integración de Monika Nienstedt y Armin Westermann (1991). 

Javier Mugica, psicólogo y terapeuta de familia del Servicio Adoptia de Atención Psicosocial de Agintzari, S. Coop. De Iniciativa Social. Bilbao, abril 2011.

 

INTRODUCCION

 

Todos los niños y niñas que adoptamos son víctimas de experiencias de abandono temprano y en mayor o menor medida experiencias de maltrato, negligencia, abusos e institucionalización en unas edades en las que están construyendo los pilares de su personalidad. No todos se ven afectados de la misma manera ni con la misma intensidad. Los hay incluso con muy pocos daños. Pero la probabilidad de que el desarrollo de su estructura de personalidad quede afectado es muy alta. El abandono y las condiciones en que este se ha producido van a afectar a su desarrollo y a su forma de integrarse tanto en su familia como en su entorno social y escolar.

 

Muchos de estos niños y niñas tienen como consecuencia de su vida anterior a la adopción dificultades madurativas y a veces estructurales. La vida y su entorno les ha provisto de menos recursos, de menos experiencias provechosas, de menos capacidades para afrontar las dificultades y los retos del desarrollo. Llegan con desventajas evidentes a su nueva vida y además tienen que reparar los daños habidos, además de aprender nuevos modos de vida, idioma, cultura, usos... Por tanto en comparación con otros niños han de hacer más tareas vitales con muchos menos recursos. Su proceso de integración será necesariamente más costoso.

 

El trato inadecuado recibido desde edades tempranas genera estructuras de personalidad y estilo de apego inseguros que el niño los expresa a través de comportamientos como : inmadurez, desconfianza, falsa autonomía, dificultades para controlar y gestionar sus emociones, pensamientos y actuaciones , para entender las emociones, pensamientos y acciones de los demás, para prestar atención, para controlar sus impulsos, para aceptar frustraciones, criticas o aplazamientos, para gestionar agendas y tareas, para manejar el orden o gestionar iniciativas, para manejar el espacio y el tiempo, mentiras por nimiedades, manipulación de personas, exceso de seducción hacia los adultos, rabietas por nimiedades, desobediencia, pequeños hurtos, excesiva agresividad, timidez, exceso de sumisión, dificultades para expresar emociones, dar explicaciones sobre sucesos o narrar historias…  Estas dificultades dificultan su desarrollo y sobre desconciertan a su entorno de adoptantes, enseñantes, familiares, técnicos… Estos comportamientos son síntomas que nos hablan de los daños socioemocionales sufridos por los niños y niñas y están completamente ligados a su abandono y las condiciones en que este se produce.

 

El desconocimiento generalizado sobre la realidad y las necesidades de estos niños y niñas hace que muchos adoptantes, enseñantes y técnicos se sorprendan y hagan atribuciones sobre las causas y los motivos de estos comportamientos. Una evidencia conocida desde los servicios de protección infantil es que los niños y niñas que se desarrollan en ambientes desfavorecidos son más complicados de educar y criar. El daño sufrido se traduce en comportamientos inadecuados, aunque no siempre disruptivos o vividos y valorados como problemáticos. El proceso de integración de los niños adoptados tardíamente (más del 90%) no suele ser fácil y puede explicarse a través de la teoría de la integración de Nienstedt y Westermann.

 

EL COMPLEJO PROCESO DE INTEGRACION

 

Los vínculos y las relaciones entre padres e hijos en las familias adoptivas no son algo que surgen de un día para otro; son algo que se desarrollan lentamente a lo largo de un proceso que puede durar meses y años.

 

Para el niño adoptado, independientemente de la calidad y de los impactos de de sus experiencias tempranas, su integración en una familia adoptiva en un nuevo contexto social de clase media es una experiencia que implica un cambio de ambiente, en el cual se va a sentir muy inseguro. Va a ser separado de personas con las que está habituado y se va a confrontar repentinamente con un nuevo sistema familiar, social y escolar, cuyas reglas desconoce por completo. El idioma, los usos, las costumbres y las formas de comportamiento del niño en su medio anterior van a verse cuestionadas y las reglas actuales, que le resultan funcionales y prácticas para sobrevivir en un mundo de abandono, negligencia, peligros e institucionalización van a dejar de ser válidas. Le sirven para sobrevivir en ese mundo pero no para su nueva vida de clase media.

 

Las exigencias del nuevo mundo y las expectativas de sus adoptantes le van a hacerse sentir necesariamente vencido e impotente. La integración de un niño adoptado en su nueva familia es algo que solamente puede ocurrir de forma progresiva. Esta realidad es obviada con mucha frecuencia por el entorno dadas sus actitudes adaptativas que hacen pensar que el niño está integrado de forma rápida y en pocos meses.

 

Los doctores en Psicología,  Nienstedt y Westermann han investigado este proceso de integración y han descrito las siguientes tres fases

 

  • Fase de adaptación
  • Fase de transferencia de los conflictos
  • Fase de regresión

 

FASE DE ADAPTACIÓN O EXPLORACION DE LO NUEVO Y SEDUCCION

 

En los primeros momentos de su adopción) el niño comporta a menudo completamente adaptado. Muchos padres y madres de adopción, familiares, enseñantes y técnicos malinterpretan el asombroso buen acoplamiento del niño y piensan que el niño les ha aceptado ya como padres o como referentes o autoridad adulta.

 

El “buen comportamiento” del niño adoptado tiene sin embargo otros motivos. La circunstancia de tener que afrontar una nueva y deseada situación y tener que centrarse en ella, es algo que le genera mucha inseguridad al niño. El niño que tiene miedo a un nuevo fracaso, pues pasó por muchas otras formas de vida, depende vital y emocionalmente de la amabilidad de sus nuevas personas de referencia y no quiere perderles con “comportamientos erráticos”. A través de una aparente y adaptativa adecuación a las normas el niño busca un marco de referencia e ir así conociendo mejor la nueva, agradable y extraña realidad, pero sin asumir e interiorizar realmente las normas, las reglas y los modos. A medida que el niño va ganando y disfrutando del buen trato se incrementa su sentido de la seguridad y de confianza en las nuevas personas de forma que  puede ir abriéndose a ellas de forma progresiva. Los adultos adoptantes también se adaptan a su nuevo hijo o hija. Esta fase es más evidente en los niños cuanto mayor son y más edad tienen. Los niños pequeños (menores de dos o tres años) saltan a la siguiente fase en poco tiempo.

 

FASE DE REPETICIÓN Y TRANSFERENCIA DE LOS CONFLICTOS DEL PASADO AL MOMENTO PRESENTE O EL COMPORTAMIENTO A PEOR CON MUESTRAS DE CARIÑO COMO SEÑAL DE MEJORA

 

Muchos padres adoptivos se quedan muy sorprendidos con los cambios de comportamiento tras el “buen comportamiento” inicial. Con frecuencia más que sorprendidos pueden quedarse confundidos, asustados y decepcionados ante los cambios comportamentales que surgen cuando empieza a funcionar la confianza mutua. El refrán; “donde hay confianza da asco” puede explicarnos el por qué del empeoramiento del comportamiento. El niño previamente abandonado y solo ante el mundo empieza a recibir atenciones y a verse colmado de vivencias nuevas gratificantes, al sentirse querido y bien tratado en un despliegue de confianza depositará en las personas que le dan seguridad esos demonios del pasado pero en forma de comportamientos. No nos hablará de su condición de victima, sencillamente nos mostrará las heridas emocionales y sus secuelas expresando con hechos sus déficits de autocontrol, atención, organización, madurez… y se lo hará a las personas que más confianza le merecen, con las que no le merecen confianza mantendrá un comportamiento más adaptativo o “formal” dentro de los márgenes de sus posibilidades de autorregulación o control.

 

El niño herido emocionalmente despliega entonces modos de comportamiento disruptivo, que frecuentemente a los adoptantes les resulta completamente incomprensibles y son inesperados. El niño va a oscilar entre el mal comportamiento y formas afectivamente acarameladas ante las más diversas situaciones de la vida cotidiana. A la vez y de forma habitual y cotidiana puede empezar a soltar los mayores tacos y barbaridades contra algún miembro de la familia luego pedir perdón y prometer que no lo hará nunca más o también podrá rechazar de forma violenta todo tipo de contacto corporal y al cabo de una rato pedir mimos o buscar cercanía. Podremos observar en el niño formas compulsivas, excesivas y desordenadas de comer; puede coger a escondidas comida, acaparándola y guardándola para no se sabe cuando. El niño puede provocar a sus nuevos padres de formas muy diversas y se meterá y les meterá en situaciones conflictivas. Esta repentina y paulatina acumulación de conflictos y dificultades va a ser visto por los adoptantes y sobre todo por su entorno familiar, escolar e incluso técnico como retroceso y como prueba de su incapacidad o falta de habilidad para educar. También esta situación será evaluada como ingratitud o mala intención por parte del niño adoptado.

 

Sin embargo el cambio de conducta del niño es la expresión de que esta haciendo progresos importantes. Las conductas que a diario va desplegando no van dirigidas contra sus adoptantes, tienen que ver con la transferencia de antiguas vivencias a la nueva situación y con la repetición de conflictos o dificultades que no puede o sabe resolver. El niño afronta su nueva situación familiar en base a sus experiencias anteriores y a sus déficits y dificultades. Transfiere estas a su nueva situación. Si el niño ha tenido un pasado lleno de experiencias negativas de miedo, se comportará temeroso. De esta manera, por ejemplo, transferirá a los contactos con sus adoptantes los sentimientos de miedo y odio, que no haya resuelto con sus progenitores biológicos o cuidadores precedentes violentos, negligentes o maltratadores. Y aunque en este tipo de situaciones resulte difícil, es necesario que sus adoptantes y personas cercanas le manifiesten al niño una y otra, que se le quiere, se le comprende, se le entiende y se le acepta.

 

El satisfacer sus necesidades, los sentimientos de seguridad, los cuidados, los mimos, el poder confiar, el sentirse aceptado y querido por sus adoptantes y otras personas posibilita al niño, enmendar viejos modos de comportamiento y abrirse a nuevas experiencias. El niño intentará poner a prueba de todas las maneras y formas posibles la fiabilidad de sus nuevas personas de referencia, así como la solidez de la nueva relación, no olvidemos que previamente pasó por otras muchas relaciones con su familia y cuidadores que fracasaron o se cortaron. Los adultos comprometidos actuarán con firmeza, autoridad y poniendo límite a sus malos modos, a la vez que le manifestarán cariño. Esta postura de los adultos da al niño seguridad, certidumbre y confianza. Para entender los comportamientos en esta fase es conveniente conocer la historia previa del niño para entender mejor las transferencias emocionales que hace el niño. Así podemos ayudar eficazmente al niño en sus intentos de percibir y expresar sus experiencias y sentimientos a través de preguntas cuidadosamente elaboradas.

 

LA CONSTRUCCIÓN DE LA RELACIÓN, EL RETROCESO A FORMAS DE COMPORTAMIENTO DE LA INFANCIA TEMPRANA O LA APARICIÓN DE  REGRESIÓNES

 

En esta fase o parte del proceso de integración el niño hará retroceso a modos de comportamiento propios de una infancia más temprana que la suya. A menudo le surgirá el deseo de ser llevado en brazos, ser vestido, que le den de comer a la boca, chupar un chupete,  beber de un biberón, tocar los pechos de su madre, jugará con niños más pequeños, querrá saber sobre los bebés, hablará como un niño chiquitín... Estas actuaciones no propias de su edad indican, que el niño quiere disfrutar de lo que apenas tuvo o no pudo satisfacer. Si al niño se le ofrece esta oportunidad, podrá recuperar aquello que le ha faltado y satisfacer aquellas necesidades insuficientemente vividas y reconstruir una base más sólida para su sano desarrollo. Los comportamientos infantiles e inmaduros están realmente en contradicción con la edad cronológica del niño, pero sin embargo tampoco se despliegan en todas las facetas de la vida del niño ni de forma continua y se alternarán con comportamientos propios de su edad, remitiendo progresivamente en la medida en que el niño tiene la oportunidad de vivir satisfactoriamente estas necesidades no cubiertas.

 

El modo funcional de gestionar las regresiones consiste en que los adoptantes en espacios privados, fuera de la mirada indiscreta de personas ajenas que malinterpretan lo que ven, faciliten a modo de juego limitado en espacios de tiempo y con explicaciones previas la posibilidad de vivir estas experiencias infantiles insuficientemente satisfechas y jueguen a acunarle, darle de comer a la boca, vestirle o desvestirle, que jueguen a nacer de la tripa, que se tomen bebidas en biberón, que tengán el chupete un tiempo, que hablen como se les habla a los bebés, que gateen… Es aconsejable que dichas actuaciones no sean contadas a técnicos desconocedores de las necesidades infantiles de los niños abandonados, como enseñantes, psicólogos, pediatras o psiquiatras y evitar así absurdas denuncias de “sobreprotección” o “negligencia parental”.

 

La satisfacción de estas necesidades y vivencia de regresiones ayudan a al niño a descubrir su propio cuerpo, a poner a prueba sus propias facultades y habilidades personales, a asumir iniciativas, a desplegar agresiones adecuadamente, a atravesar una cierta fase de duelo reparador con presencia de tristeza por lo no vivido, a empezar a reconocer normas y valores y los adoptantes y otros adultos implicados notarán entonces que el niño ha desarrollado un sentimiento de pertenencia hacia ellos. De esta manera se irá afianzando y fortaleciendo la integración y los vínculos del niño con sus adoptantes y su nueva familia y entorno y su sentido de la pertenencia al nuevo grupo familiar y comunitario.

 

CONCLUSIONES

 

Aunque el citado desarrollo en tres fases es seguramente el ideal, no se produce de modo lineal, sino circular, cíclicamente y con avances en espiral. Es importante que los adoptantes y otros adultos tengan tacto, intuición, paciencia y tiempo en buenas dosis. La experiencia nos confirma que las secuelas y vivencias traumáticas de los niños con abandono temprano y de adopción tardía (más de 18 meses) no se pueden reparar ni elaborar en periodos cortos de tiempo, ni que los desarrollos deficitarios se pueden recuperar en unas pocas semanas o meses. Para el desarrollo de relaciones positivas en el seno de una familia y de una comunidad adoptiva hace falta mucho tiempo, y en ocasiones años.

 

La normalización de las capacidades y desarrollos acorde a la edad cronológica lejos de garantizar el bienestar y la reparación de los niños dañados puede suponer la tumba del proceso integrador. Con niños dañados como muchos adoptados, hemos de ir hacia la inclusión o aceptación de la diferencia y diversidad para ayudarles a progresar desde sus puntos de partida y no desde nuestras expectativas o estándares de normalidad. Su punto es ya su normalidad.

 

Hay también situaciones en las que ocasiones, el niño, a causa de la gravedad de los daños emocionales recibidos en su vida anterior, puede estar discapacitado para la integración familiar o comunitaria a pesar de toda la comprensión, cariño y tacto que sus adoptantes y adultos referenciales posean o desarrollen. En este caso se recomienda ayuda psicoterapéutica solvente y competente.

 

 

Referencias para este artículo:

 

HUBER – NIENHAUS, S., y cols. (2003). “Handbuch für Pflege- und Adoptiveltern. Pädagogische, psychologische und rechtliche Fragen des Adoptions- und Pflegekinderwesens”. Idstein: Schulz – Kichner.

NIENSTEDT,M. y WESTERMANN,A. (1989). Pflegekinder. Psychologische Beiträge zur Sozialisation von Kindern in Ersatzfamilien. Münster: Votum Verlag

 

Teoría de la Integración. El desarrollo de la relaciones según Monika Nienstedt y Armin Westermann (Traducción)

 

El desarrollo de las relaciones

Traducido de "Handbuch für Pflege- und Adoptiveltern. Pädagogische, psychologische und rechtliche Fragen des Adoptions und Pflegekinderwesens", (Manual para padres y madres de acogida y de adopción. Cuestiones pedagógicas, psicológicas y jurídicas en torno al acogimiento familiar y la adopción de niños y niñas). Idstein 2003, editado por la PFAD. Confederación de Familias de Acogida y Adoptivas de la República Federal de Alemania. Desarrollado en base a las aportaciones de la "Teoría de la Integración" de Monika Nienstedt y Armin Westermann.

(Páginas 94, 95 y 96)

 

Los vínculos y las relaciones entre padres e hijos en las familias de acogida y adoptivas no son algo que surgen de un día para otro; son algo que se desarrollan lentamente a lo largo de un proceso que puede durar meses y años.

 

Para el niño el acogimiento familiar o la adopción – independientemente de la calidad de sus experiencias tempranas – es en cualquiera de los casos una experiencia que implica un cambio de ambiente, en el cual se va a sentir muy inseguro. Se va a ver apartado de personas con las que se siente confiado y confrontado repentinamente con un nuevo sistema familiar, cuyas reglas de juego implícitas (tomas de contacto, acercamientos, horarios de comida...) le resultan completamente desconocidas. Las costumbres y las formas de comportamiento del niño van a verse cuestionadas y las reglas actuales, que rigen su vida van a dejar de ser válidas.

 

Cuando el niño en esta fase de nueva orientación sea confrontado con las expectativas preconcebidas de sus padres de adopción o acogida se va a tener que sentir necesariamente vencido e impotente. La integración de un niño adoptado o acogido en su nueva familia es algo que solamente puede ocurrir de forma progresiva.

 

Los doctores en Psicología,  Nienstedt y Westermann han investigado en este proceso de integración y han descrito las siguiente tres fases (Nienstedt/Westermann : Pflegekinder. Psychologische Beiträge zur Sozialisation von Kinder in Ersatzfamilien, Münster 1990, S. 43f) :

 

1.- Fase de adaptación

 

En los primeros momentos de su acogida (o adopción) el niño acogido se comporta a menudo completamente adaptado. Muchos padres y madres de acogida (y de adopción) malinterpretan el asombroso buen acoplamiento del niño, llegando a pensar que el niño les ha aceptado ya como padres.

 

El “buen comportamiento” del niño acogido (o adoptado) tiene sin embargo otros motivos. La circunstancia de verse confrontado con una situación completamente nueva y tener que orientarse en ella, es algo que le genera mucha inseguridad al niño. El niño depende emocionalmente de la simpatía de sus nuevas personas de referencia y no quiere perderles con sus “comportamientos erráticos”. A través de su aparente adecuación a las normas el niño busca un marco de referencia, pero sin asumir realmente las normas. Solamente cuando el niño encuentra una determinada cantidad de seguridad y de confianza, puede ir abriéndoseles de forma progresiva.

 

2.- La repetición de los conflictos (transferencia)

 

Muchos padres de acogida (o adoptivos) se quedan muy sorprendidos con los cambios de comportamiento tras el “buen comportamiento” inicial. El niño despliega entonces modos de comportamiento, que frecuentemente  a los padres de acogida (o adopción) les resulta completamente incomprensibles. El niño acogido (o adoptado) va a reaccionar en ocasiones de una forma completamente acaramelada ante las más diversas situaciones de la vida cotidiana. A la vez y de forma habitual y cotidiana puede empezar a lanzar los mayores tacos y barbaridades contra algún miembro de la familia o incluso rechazar de forma violenta todo tipo de contacto corporal. En esta difícil fase de la integración podemos observar en el niño formas compulsivas, excesivas y desordenadas de comer; va a coger a escondidas algunos alimentos con el fin de acapararlos y guardarlos. El niño provoca a sus nuevos padres de formas muy diversas y se meterá en situaciones conflictivas. Esta repentina acumulación de conflictos y dificultades va a ser visto por los acogedores (o adoptantes) como retroceso y (en algunos casos) como prueba de la propia incapacidad o falta de habilidad para educar de los adultos, o también será evaluada la conducta como ingratitud o mala intención por parte del niño acogido (o adoptado).

 

Sin embargo el cambio de conducta del niño es la expresión de que esta haciendo progresos importantes. Las conductas que a diario va desplegando no van dirigidas contra los acogedores (o adoptantes), tienen que ver con la transferencia de antiguas vivencias a la nueva situación y con la repetición de conflictos.

 

El niño afronta su nueva situación familiar con las gafas de sus experiencias anteriores. Transfiere estas a su nueva situación. Si el niño ha tenido un pasado lleno de experiencias negativas, se comportará temeroso. De esta manera, por ejemplo, transferirá a los contactos con el padre de acogida los sentimientos de miedo y odio, que tenga hacia su padre biológico violento y maltratador. Y aunque a menudo, en este tipo de situaciones, a los acogedores les resulte difícil, es necesario manifestarle al niño una y otra, que se le quiere.

 

El sentimiento de haber sido acogido por sus padres de acogida (o adopción), el poder confiar en ellos, posibilita al niño, enmendar viejos modos de comportamiento y abrirse a nuevas experiencias. El niño intentará poner a prueba de todas las maneras y formas posibles la fiabilidad de sus nuevas personas de referencia, así como la solidez de la nueva relación.

 

El conocimiento exacto de la historia previa del niño puede ayudar a los acogedores (o adoptantes) a entender mejor las transferencias emocionales que hace el niño. Podemos ayudar eficazmente al niño en sus intentos de percibir y expresar sus experiencias y sentimientos a través de preguntas cuidadosamente elaboradas. Este proceso de elaboración lleva mucho tiempo y esfuerzos y solamente cuando se ha llevado a efecto, podrá el niño, llevar a cabo un nuevo comienzo de forma auténtica y real (Vea en este mismo libro el concepto de “transferencia”, según Nienstedt y Westermann).

 

3.-  La construcción de la relación / El retroceso a formas de comportamiento de la infancia temprana (regresión)

 

Si el niño ha tenido la oportunidad de elaborar su pasado durante la fase de transferencia, le será entonces posible construir nuevas relaciones. En esta fase se puede observar en el niño un retroceso a modos de comportamiento propios de una infancia más temprana que la suya. A menudo le surgirá el deseo de ser llevado en brazos, de ser alimentado a la boca e incluso de beber de un biberón. Estas necesidades no adecuadas a su edad indican que lo que el niño quiere es “comenzar de nuevo desde el principio”. Si al niño se le ofrece esta oportunidad, podrá recuperar aquello que le ha faltado hasta este momento y podrá por fin satisfacer aquellas necesidades insuficientemente satisfechas. De esta forma el niño alcanza una base sólida para su sano desarrollo. Los modos de comportamiento infantiles e inmaduros están realmente en contradicción con la edad real del niño, pero sin embargo tampoco se despliegan en todas las facetas de la vida del niño. Los comportamientos inmaduros del niño se alternan frecuentemente con comportamientos propios de su edad y con el tiempo van remitiendo progresivamente en la medida en que el niño tiene la oportunidad de vivir satisfactoriamente sus necesidades.

 

En esta fase del proceso de desarrollo podemos observar que el niño :

·      descubre su propio cuerpo

·      pone a prueba sus propias facultades y habilidades personales

·      asume iniciativas

·      despliega agresiones

·      atraviesa una fase de duelo (tristeza)

·      empieza a reconocer normas y valores

 

Los acogedores y acogedoras (o adoptantes) notarán entonces que el niño ha desarrollado un sentimiento de pertenencia hacia ellos. Con este la integración del niño en su nueva familia se va a seguir produciendo y la pertenencia irá progresando.

 

El citado desarrollo en tres fases es seguramente el ideal. Es importante que los padres de acogida puedan disponer en cada una de estas fases del suficiente tacto, intuición, paciencia y tiempo. Las experiencias traumáticas no se pueden reparar ni elaborar en periodos cortos de tiempo, ni los desarrollos carenciados se pueden recuperar en unas pocas semanas. Para el desarrollo de relaciones positivas en el seno de una familia de acogida (y adoptiva) hace falta mucho tiempo, a veces un año y medio y también más.

 

En ocasiones, el niño, a causa de los graves daños emocionales recibidos a lo largo de su vida anterior, puede estar discapacitado para la integración familiar a pesar de toda la comprensión y de todo el tacto posible que sus acogedores (o adoptantes) desarrollen. En este caso se recomienda urgentemente una ayuda psicológica.

Las imágenes del acogimiento familiar que merman su desarrollo y la captación de nuevas familias

 


LAS IMÁGENES DEL ACOGIMIENTO FAMILIAR

QUE MERMAN SU DESARROLLO

Y LA CAPTACIÓN DE NUEVAS FAMILIAS

 

Javier J. Múgica Flores

Psicólogo especialista en Acogimiento Familiar y Adopción

javiermugica@agintzari.eus

RENOVANDO DESDE DENTRO.

SIETE RETOS Y PROPUESTAS DE MEJORA

DEL SISTEMA DE PROTECCIÓN

DE LA INFANCIA EN ESPAÑA

 

https://renovandodentro.wordpress.com/

 

ARTÍCULO 8 (JUNIO 2022):

Correo electrónico de contacto: renovandodesdedentro@protonmail.com

Renovando desde dentro. Siete retos y propuestas de mejora del sistema de protección de la infancia en España. (2021) por https://renovandodentro.wordpress.com/ está licenciado bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

LAS IMÁGENES DEL ACOGIMIENTO FAMILIAR QUE MERMAN SU DESARROLLO Y LA CAPTACIÓN DE NUEVAS FAMILIAS

Javier J. Múgica Flores 

En otoño de 2021 la ASEAF (Asociación Estatal de Acogimiento Familiar de España) propuso la siguiente reflexión en torno al acogimiento familiar: “¿Cómo captar familias sin conocer el efecto de lo que hacemos … y de la imagen que damos?”. La reflexión parte de la clara conciencia del desconocimiento general de qué es el acogimiento familiar y cuáles son sus logros pasados, presentes e incluso futuros. De esta reflexión surgió una ponencia que presenté en las V Jornadas “Interés Superior del Menor” 2021 de dicha asociación.

En este artículo no se pretende hacer un análisis sociológico de la imagen del acogimiento familiar en España. Se busca recopilar las diversas imágenes que sobre el acogimiento familiar son conocidas en cuanto a medida protectora que se desea potenciar. Podemos encontrarnos toda una serie de imágenes que posiblemente impiden su desarrollo y hacen que la captación de nuevas familias no solo se estanque, sino que no sean familias adecuadas, o que causan que disminuya o crezca el número de ellas muy por debajo de las necesidades en prácticamente todo el territorio español.

Hay muchas imágenes diferentes del acogimiento familiar en lo que toca a sus diversos protagonistas: familias de origen o biológicas, niños, niñas y adolescentes, personas acogedoras, profesionales de ayuda, técnicos de protección, responsables administrativos y políticos… Todos sus protagonistas hacen aportaciones a la idea o imagen que difundimos sobre el acogimiento familiar.

Para empezar, hay que reconocer una imagen que con frecuencia es una no-imagen. El acogimiento familiar de niños, niñas y adolescentes es algo que no existe o es completamente desconocido para una inmensa mayoría de integrantes de nuestra comunidad. No aparece en los medios de comunicación como otras medidas protectoras. Se confunde continuamente con la adopción.

El “boca a boca”, que dicen que es un buen modo de difusión, no ayuda a la captación. Hay muchas bocas de personas acogedoras llenas de quejas, decepción, sufrimiento y dolor. Dicen los publicistas que un cliente contento te trae a dos o tres más, pero que uno descontento ahuyenta a más de diez. El descontento y las quejas de tantas personas acogedoras desmoviliza a quien se lo esté pensando.

Haciendo una recopilación de los relatos sobre el acogimiento familiar de niños, niñas y adolescentes se ve cómo continuamente se asocia con demasiada frecuencia esta medida protectora a conceptos como el altruismo, la heroicidad, el bajo coste, la gratuidad, la buena voluntad, algo desconocido, el incógnito, la temeridad o el exceso de riesgo, la apropiación, la extirpación de legado, una serie de requisitos innecesarios para acoger y el sacrificio.

Altruismo

Por supuesto que el altruismo está bien y es necesario, pero en el contexto del acogimiento familiar como medida protectora, ideas como “El amor al prójimo como motor del acogimiento familiar”, o que “Los beneficios solo pueden ser morales” o que “El amor no puede tener precio” pueden ser un lastre. Parece que no caben otras motivaciones que no tengan que ver con dicho altruismo, o que no pueden ser legítimas. Un informe alemán sobre las políticas financieras de los servicios de infancia alemanes en el acogimiento familiar constataba que el exceso de apelación al altruismo de los responsables de dichas instituciones era inversamente proporcional a la cantidad de recursos económicos invertidos. Dicho de otro modo, a mayor apelación al altruismo, menor inversión en recursos para el acogimiento familiar. Esto tiene consecuencias muy serias y muy prácticas en el desarrollo del acogimiento familiar. Se evita el debate de los recursos necesarios como si este debate fuera algo innecesario o atrajera solo a personas con fines lucrativos. 

Una sociedad debe promover y asegurar que sus ciudadanos puedan acoger para cumplir el mandato legal y moral de dotar a los niños, niñas y adolescentes en desamparo de un ambiente familiar, que necesitan y al que tienen derecho para la reparación de los daños causados por las adversidades y el abandono del que son víctimas inocentes. Esto no es una opción solidaria de la comunidad. Es una obligación tan seria como pagar impuestos, auxiliar a las víctimas de un accidente, respetar las normas de convivencia o circular por la derecha con nuestros vehículos. Las instituciones tienen que cumplir las leyes vigentes y la ciudadanía tiene que asumir su responsabilidad y su protagonismo. Una comunidad tiene que tener personas y familias acogedoras y las instituciones hacer lo preciso para que puedan acoger. Es más una cuestión de deber ante la justicia, que todos deseamos, que de amor.

 Heroicidad

 “El acogimiento familiar es una heroicidad”. Es propio solo de buenas personas en el sentido más abnegado. Entonces el acogimiento requiere características heroicas: sacrificio total, el bien común o el amor al prójimo como prioridad, dar la vida, generosidad absoluta… y más rasgos que queramos otorgar a las heroínas y héroes. Y los héroes o heroínas son muy escasos. La mayoría somos personas normales con luces y sombras. Por tanto, si reducimos el acogimiento familiar a la población heroica reducimos la población diana de captación de un modo automático. Pocos pueden tener dicho valor. Que se retiren quienes no se consideren héroes. Reducción simplista.

 Además, los héroes actúan solos, no necesitan ayudan. Deben actuar en solitario sin necesidad de tribu, comunidad o cuerpo técnico. Las personas acogedoras deben de ser como el Llanero Solitario. La soledad silenciosa y abnegada como virtud y modelo de referencia puede ser insuficiente ante una labor que requiere el máximo posible apoyos de todo tipo. Pero los héroes del acogimiento familiar posibilitan recortes y ahorros significativos a la comunidad porque no tienen nómina ni intención de lucro. Viven de lo suyo sin que nadie se entere. Deben ser además anónimos.

Barato, protección de menores “low-cost”

 “No se debe acoger por dinero porque es inmoral”. Esto es algo que piensa muchísima gente. Es la mentalidad donativo contra el concepto de reparto justo de recursos y, para más inri, en un contexto socioeconómico neoliberal de capitalismo libre, donde cabe hacer negocio y lucrarse con las residencias de ancianos, la salud, la seguridad, la discapacidad, la dependencia y el bienestar en general… Una economía de libre mercado, donde la avaricia, el acaparamiento, la privatización de lo público y el escaqueo insolidario de impuestos son valorados.

 Las familias acogedoras saben que rara vez las aportaciones por acogimiento familiar cubren realmente los gastos de educación y crianza de un niño, niña, adolescente en una familia española de clase media. No se cubren los gastos de crianza. Tampoco se tienen en cuenta los gastos extras que con frecuencia implican las graves adversidades, secuelas y mochilas emocionales de los niños, niñas y adolescentes en acogida. La diferencia tan abismal en inversiones entre las medidas de protección actuales puede ayudar también a entender la baja captación de familias acogedoras. Las familias de acogida con frecuencia ponen su dinero para cubrir los gastos de sus hijos e hijas de acogida, que no cubren las instituciones de protección. Se enfrentan al dilema de empobrecer a su familia por hacer algo que es responsabilidad de todos y que además exige mucho esfuerzo, dedicación y quebraderos de cabeza. El coste del tiempo de dedicación a la acogida familiar es impagable, pero se puede compensar de muchas maneras que facilitarían la captación.

Hay una ratio de diferencia de coste “plaza” entre acogida residencial y acogida familiar de muchos múltiplos. Como decía el Sr. Geisler (Senado de Berlín, responsable de planificación económica de los servicios de infancia de la ciudad de Berlín) en una visita realizada en el año 2000 “El acogimiento familiar es maravilloso, tres veces más barato y con diez veces mejor resultado que el residencial”. En España, teniendo en cuenta el coste de la plaza residencial en protección, seguramente se podría incrementar recursos para acogimiento familiar, reducir el número de niños y niñas en acogimiento residencial, como marcan nuestras leyes, y además ahorrar o gastar mejor lo dedicado a protección. Ya hay modelos y programas en España que lo demuestran.

Temeridad, alto riesgo

De la alabanza al reproche y sin términos medios es la valoración que reciben las familias de acogida de sus entornos inmediatos. Del “¡Qué buena obra tan maravillosa estáis haciendo!” al “¿Ya sabéis donde os habéis metido? ¿No será pernicioso para vuestros hijos, no les estaréis privando de atenciones para ayudar a alguien que es ajeno a la familia?”. Con frecuencia los entornos cercanos de las familias de acogida alaban o critican de esta manera a quienes deciden acoger. Meter un hijo ajeno, que da problemas, es un riesgo para los propios. Algo digno de insensatos e irresponsables.

Además, si el acogimiento familiar falla o se trunca, teniendo en cuenta la falta de recursos, acompañamientos, y dificultades que sufren los niños, niñas y adolescentes, víctimas de adversidad temprana, no hay duda de que la culpa es del mal hacer de los acogedores. Hay un perverso consenso social. Todos, técnicos de protección, enseñantes, sanitarios, profesionales de apoyo, familiares, e incluso los propios niños, niñas, adolescentes y personas acogedoras consideran que estas últimas son las culpables de amar mal. Y los técnicos de protección, profesionales, escuelas, centros de salud y comunidad quedan siempre a salvo y libres de responsabilidad.

 “¿No teméis que él/ella (una monstruosidad de mala criatura) o su familia biológica os haga daño?” es otra de las cuestiones que tienen que sortear personas acogedoras de sus entornos inmediatos y de algún que otro profesional mal informado. Las personas desfavorecidas son además de culpables y responsables de su situación, gente peligrosa y muy inadecuada. A veces, con su modo de actuar con la familia biológica, los propios técnicos e instituciones de protección fomentan esta sensación en las familias de acogida.

 “¿Verdaderamente sirve para algo?” es la duda que en este contexto de agresión, prejuicios, soledad y escasez tienen que resolver las familias de acogida. Sin embargo, la experiencia nos dice que incluso los acogimientos familiares truncados en circunstancias difíciles pueden generar beneficios y vínculos que nunca o pocas veces consiguen los acogimientos residenciales. Ser persona acogedora implica con frecuencia arriesgarse a perder su bienestar familiar y ser tachada de incompetente cuando hay dificultades.

 Apropiación

Todavía flota en nuestra cultura parental la idea de que hijos e hijas son una propiedad biológica que debe ser controlada y administrada para el bien y el futuro de nuestra herencia y estirpe. Desde este pensamiento criar hijos e hijas que no son tu propiedad biológica es un desperdicio de energía y esfuerzo. “Si has de criar a alguien, asegúrate de que es y será para tu bien”. El acogimiento con frecuencia tiene que combatir estas ideas… “Le cuidas, le educas, le coges cariño y luego te lo quitan para devolvérselo a alguien que no le quiere y destruirá lo que habéis hecho. Te quitan algo que te has trabajado tú, estás haciendo una inversión a fondo perdido y estéril”.

 "Si acoges debes asegurarte de que podrás disfrutar para ti de lo que hagas y de que nadie, nadie se entrometa. Esto sería lo aceptable”. Pero la realidad demuestra que los vínculos creados en las relaciones de acogida familiar son un “para siempre” y trascienden los procesos administrativos de protección de infancia. Lo más probable es que los niños, niñas y adolescentes que pudieron ser acogidos por familias continúen teniendo esas relaciones en el futuro y sigan precisando presencia parental, disponibilidad y acompañamiento en su vida adulta. Algo que se suele desconocer es que los buenos tratos dados por familias de acogida producen efectos reparadores en sus acogidos, que disfrutarán terceras personas y que es posible que las personas acogedoras no lleguen nunca a ver.

 La familia biológica sobra

Mientras en la adopción nadie cuenta con la familia biológica, aunque exista a modo de fantasma conviviente, en el acogimiento familiar está presente y suele haber algún tipo de trato. Muy diverso y dependiendo de situaciones muy diferentes. La cantidad de prejuicios en torno a los miembros de la familia biológica es muy significativa y responde más a la ignorancia que a la necesidad de que no estén presentes. Hay un pensamiento compartido por muchos de los actores del acogimiento en el que se asume la idea de que la familia biológica solo puede estropear la tarea de los acogedores.

Otro prejuicio muy extendido es el referido a las visitas. “Las visitas con la familia biológica solo son un peligro para el niño, niña o adolescente, que va a implicar riesgos y consecuencias que dañan a sus acogedores”. Con frecuencia las visitas son consideradas una insensatez y no se entiende que beneficio tienen. Sin embargo, son fundamentales para los procesos de reparación del daño infligido y son facilitadores de la construcción de la identidad. También son fundamentales para el abordaje de la experiencia de abandono, como entender sus causas, atenuantes y límites. Los conflictos de lealtades divididas también se abordan mejor con su presencia y participación. Estas ventajas no las tienen los niños, niñas y adolescentes adoptados y podría afirmarse que la presencia y el contacto con la familia biológica es un factor protector para su salud mental. Encontramos más casos de patologías graves en niños, niñas y adolescentes que han sido adoptados (23%) que en los que han sido acogidos en familia (3%).

Colaboración entre familias como algo imposible

Otra idea que daña el desarrollo y la captación de familias de acogida es la creencia de que los familiares biológicos no pueden colaborar y no quieren entregar a sus niños y niñas. El que les hayan maltratado, no se ocupen adecuadamente de ellos o les hayan dañado no les incapacita para entregar voluntariamente y colaborar en el proceso de reparación del daño causado. La experiencia muestra que cuando se ayuda y se apoya a la familia biológica con acompañamientos y ayudas adecuadas, sin juicios de valor ni prejuicios, se puede llegar a tener más del 90% de colaboraciones y un buen clima entre la familia biológica y la familia de acogida. Esto es un auténtico factor de protección y reparación para los niños, niñas y adolescentes. Si se conociera esta realidad y los servicios de protección ofrecieran estas ayudas de forma sistemática a las familias biológicas, la atención redundaría en mejores resultados y un menor temor a la familia biológica por parte de posibles candidatos o personas que se ofrecen para acoger.

“O conmigo o contra mí. La familia biológica (simplemente familia) y la familia de acogida no pueden cooperar en la crianza de los niños, niñas y adolescentes”. O la una o la otra. “Los malos fuera, porque no tienen nada que aportarles, solo problemas”. Es frecuente oír que las familias biológicas de los niños, niñas y adolescentes en acogida familiar no pueden colaborar, no tienen nada bueno y no aportan un legado digno de ser tenido en cuenta y, por tanto, no se les permite, no se les apoya ni se les ayuda a tener una presencia con disponibilidad a la cooperación y complementariedad, ni pueden hacer la reparación que sus hijos e hijas necesitan.

El acogimiento familiar como una ilegítima y fraudulenta puerta hacia la adopción

Durante muchos años ha habido (y aún hoy quedan) técnicos que consideran el acogimiento familiar como un método para engañar a las autoridades y técnicos. Técnicos que piensan que las personas acogedoras pueden intentar “adoptar a la carta” y por tanto carecen de escrúpulos a la hora de conseguir lo que quieren. “Me quedo con la criatura solo si me gusta y me da garantías de cubrir todas mis expectativas”. La persona acogedora es vista como adoptante emboscada y oculta, dispuesta a apropiarse solo de los niños o niñas que le complacen. Como si el acogimiento se tratara de una tienda de electrodomésticos con derecho a probar el “producto”.

Todo esto cuando es ya una práctica aceptada por muchos y tendencia clara de futuro el considerar a los adoptantes, que ya han desarrollado un vínculo de apego, como los adoptantes preferentes si están disponibles para hacer el cambio en función de las necesidades del niño, niña o adolescente. La práctica en algunas comunidades autónomas y a instancias de algunos técnicos de protección de entregar en adopción (a familias adoptivas desconocidas por los niños, en contextos sociales, emocionales y culturales nuevos) a niños y niñas que llevan más de doce meses de convivencia con sus familias de acogida es una mala praxis con consecuencias graves. Si deben de ser adoptados y sus acogedores fueran versátiles y aceptaran adoptar, los acogedores deben ser los adoptantes. Actuar de otra manera, aunque sea administrativamente correcto, es una práctica inhumana y cruel. Estas adopciones forzosas, contrarias a los deseos y disponibilidades de las familias acogedoras con vínculos de apego visibles, deben ser denunciadas como mala praxis y eliminadas de nuestro modo de generar adopciones. La imagen del acogimiento familiar cuando se producen estos casos sale muy dañada, genera estupor en la ciudadanía y espanta a cualquier ciudadano con un mínimo sentido común.

Requisitos innecesarios

La idoneidad que se debe de evaluar por ley ha sido (y es aún) algo vivido como un impedimento de las autoridades: porque socialmente suena a capricho de las autoridades, porque hay quien no entiende cómo se atreven las autoridades a cuestionar el deseo de hacer el bien y de ser padres. Este anhelo debería ser suficiente para mucha gente. Acoger a niños, niñas y adolescentes en desamparo no precisa de una solvencia técnica manifiesta y demostrable pues es creencia generalizada que cualquiera puede acoger en su familia si así lo desea. La evaluación de idoneidad no es entendida y frecuentemente se dice “Si para ser madre o padre hiciera falta una evaluación el ser humano se habría extinguido”. La idoneidad debe estar al servicio de garantizar que las personas y familias que acogen tienen las condiciones adecuadas para hacerlo, entendiendo que no todas las personas pueden o están preparadas para acoger niños, niñas y adolescentes en situación de desamparo.

Sacrificio

En los términos actuales del acogimiento familiar, con sus recursos de ayuda, sus regímenes de visita, la nula capacidad de participar en las decisiones protectoras por parte de las personas acogedoras, los esfuerzos educativos de crianza de criaturas con adversidad temprana, los tiempos de dedicación necesarios y los costes económicos añadidos que corren por cuenta de la familia acogedora… podemos decir que el acogimiento familiar es una tarea vista como muy sacrificada.

Tal vez por el Interés Superior de Niños, Niñas y Adolescentes conviene que las personas que acogen en sus familias a niños, niñas o adolescentes en situación de desamparo hagan algún que otro sacrificio. El principal sacrificio deberán ser las expectativas irrealistas y creencias desajustadas y normalizadoras, pero nada más. Las personas acogedoras no deben sacrificar ni sus vidas ni sus familias. Las familias de acogida por el bien del acogimiento familiar pueden hacer sacrificios, pero no deben ser sacrificadas por el Interés Superior de Niños, Niñas y Adolescentes.

La buena voluntad como herramienta

La buena voluntad sin otros ingredientes es también un recurso insuficiente para abordar las dificultades de desarrollo de los niños, niñas y adolescentes en situación de acogida familiar. La idea de que cualquiera puede acoger desde esta forma de concebir el acogimiento familiar, porque es suficiente querer hacer el bien, debe desecharse. Esta idea es precursora del pensamiento de que no es precisa una solvencia en materia de protección para acoger. Acoger implica desarrollar habilidades para trabajar el apego, los daños del abandono, la resiliencia, las vivencias traumáticas, las patologías emocionales posible, la integración, la identidad, la biografía, la inclusión…

Hoy las personas acogedoras saben que necesitan y piden mucha más formación básica, sólidos contenidos teórico-prácticos sobre protección de infancia, para saber dónde se meten, entender y actuar de manera más solvente con los niños, niñas y adolescentes que se les encomiendan. Piden y reclaman nuevos modelos y herramientas eficaces para afrontar la crianza, educación y las secuelas de las adversidades y el abandono del que son víctimas sus acogidos. Saben que necesitan en muchos casos un reciclaje continuo y amplio para afrontar todos los retos que se le presentan. Reclaman más ayuda y apoyos en modo de seguimiento, acompañamiento, supervisión, refresco… suficientes, continuados y sostenidos. Ya se oyen voces de cansancio y hartazgo ante tanta soledad en una tarea que requiere la responsabilidad, la solvencia y el esfuerzo de toda la “tribu” (técnicos de protección, especialistas en adversidad temprana, enseñantes sensibles, sanitarios con conocimiento, jueces y reguladores…). Sin estos aportes la buena voluntad se marchita y las personas acogedoras huyen o se desmotivan y desmovilizan. No estarán en disposición de hacer y participar en campañas de captación que pueden ser vividas propaganda engañosa. 

Ciudadanas y ciudadanos ejemplares

Las personas acogedoras en sus familias son consideradas como ciudadanía ejemplar. Esta ejemplaridad suele estar vinculada a la obediencia y al acatamiento de los dictados de los técnicos e instituciones de protección, aunque no los compartan o sean claramente contraproducentes. Esta imagen ligada a una visión de autoridad excesivamente tradicional y fuera del principio de realidad y convivencia moderna es rechazada cada vez más por las personas acogedoras y sus organizaciones, que quieren no seguir siendo ciudadanos y ciudadanas dispuestas al acatamiento de las indicaciones de los técnicos, jueces y especialistas, que desconocen la realidad cotidiana de los niños, niñas y adolescentes que acogen.

Cada vez más personas acogedoras critican la obediencia ciega a los técnicos de protección, cuando debería ser estos quienes aceptaran más indicaciones y propuestas de quienes llevan sobre sus vidas, convivencias y familias el peso real del acogimiento familiar. Callados y silenciosos es como muchos técnicos de protección y diversos profesionales de los recursos comunitarios quieren verles. Los técnicos del sistema de protección, de la educación, o de la sanidad no tienen costumbre de contar con la opinión, la crítica o la disconformidad de los acogedores y acogedoras.

No es de recibo en una sociedad democrática, ni fomenta el desarrollo y la captación de personas acogedoras que viven en una democracia, el que no se les concedan espacios para la participación, la opinión o la protesta legítima. No ayuda al acogimiento ni fomenta la captación el que las personas acogedoras tengan que vivir temerosas de expresar sus quejas razonables y fundadas ante la dimisión que muchos ámbitos de los recursos comunitarios hacen de las necesidades que tiene los niños, niñas y adolescentes que acogen en sus familias.

Con frecuencia las personas acogedoras se viven como personas comandadas por terceras personas y con una participación muy limitada en procesos que les incumben y afectan familiarmente. No se les oye, ni se les escucha, ni se conocen sus reivindicaciones, sus inquietudes o sus necesidades de manera suficiente. No disponen aún de una interlocución corporativa reconocida, no se organizan suficientemente. Aunque hay una mejoría esperanzadora.

Todo esto desmoviliza y les puede hacer sentir, además de soledad, que su situación y la de sus acogidos no importan ni a la comunidad ni a sus instituciones. Otra situación que duele a las personas acogedoras y les desmoviliza es que sienten y perciben que cualquier técnico o profesional puede criticarles, reprocharles y quitarles del medio sin consecuencias, sin complejos y con impunidad. Con frecuencia sienten que las instituciones de protección quieren que sean ejemplares, pero sin derechos y sin aliados (organizaciones, profesionales…).

El acogimiento familiar depende y dependerá de la aportación de las personas acogedoras, no de la de los técnicos, instituciones o responsables políticos. La cultura de la participación de acogedoras y acogedores en los procesos de toma de decisión en lo que respecta al acogimiento familiar es una cultura pendiente y aún muy lejana. Incluso vista como peligrosa o inapropiada. Las personas acogedoras son vividas como un servicio del que pueden disponer los técnicos y las instituciones de protección. La sumisión es vivida como una virtud y se impide la participación en los procesos de diseño de plan de caso y de toma de decisiones de quien mejor conoce a los niños y niñas. Planes y decisiones que afectan a la economía, el tiempo y la presencia de todos los miembros de su familia, de todas las familias y personas implicadas.

Incógnito, realidad desconocida y desprotegida

Otra realidad que impide el desarrollo del acogimiento familiar es la constante y continuada confusión entre adopción y acogimiento. Los hijos e hijas son aún una propiedad biológica, no una responsabilidad colectiva y, por tanto, un bien común. Esta falta de cuestionamiento va contra otros modelos de vida familiar que no son la clásica de consanguinidad. El vínculo establecido entre personas acogedoras y los niños, niñas, adolescentes que acogen no está protegido de forma jurídica y social, como los inexistentes vínculos de sangre que no garantizan la existencia de vínculos socioemocionales y sin embargo siguen sobrevalorándose.

No se habla a nivel social de las dificultades y costes que tiene el acogimiento familiar en las personas acogedoras y sus familias a nivel de tiempo y dedicación, solvencia técnica para abordar la crianza, educación y rehabilitación de estos niños, niñas y adolescentes en acogida familiar y de sus familias. No se conocen los recursos necesarios y obligatorios, los problemas cotidianos y las secuelas tangibles que sufren los hijos e hijas de acogida.

Se busca crear excesivamente una imagen del acogimiento familiar como una realidad innecesariamente edulcorada y caramelizada. Sin reconocer explícitamente que acoger en familia, convivir y compartir el dolor y sufrimiento de las víctimas de abandono, con demasiada frecuencia es algo condenadamente complicado, frustrante, desesperante, difícil y doloroso para las familias… y muy beneficioso para los niños, niñas y adolescentes de acogida. Esto que suena desmovilizador ayudaría a captar personas acogedoras con una visión realista que afronten la tarea, conscientes de los esfuerzos y costes necesarios. Porque también es una realidad que mayoritariamente los esfuerzos tienen muchas compensaciones para todos y todas

Cultura de “mejor no saber”

No se habla suficientemente con los niños, niñas y adolescentes de sus orígenes, de su familia biológica, de los problemas, de los sufrimientos, de los motivos de su abandono y de las secuelas y trastornos que este abandono les genera. No se les posibilita una reparación de lo que les convirtió en víctimas, en la medida en que no se habla de ello, ni se posibilita a sus familias reparar el daño infligido.

Hablar del sufrimiento causado por el abandono todavía sigue siendo algo malo que causa traumas, que es muy peligroso y nos hace sufrir innecesariamente. El incógnito como sistema tampoco facilita la aparición de acogedores realistas, preparados, solventes y decididos a entrar en el mundo emocional del dolor y del sufrimiento, que afecta a sus hijos e hijas de acogida.

A modo de conclusión: a pesar de todo esto, cabe el optimismo y la esperanza 

Hay que reconocer que percibimos a la par muchas imágenes del acogimiento familiar muy positivas y prometedoras. Pero las imágenes que se proyectan del acogimiento familiar por parte de demasiados de nuestros conciudadanos, responsables políticos, técnicos, medios de comunicación e incluso algunas personas acogedoras no contribuyen a la captación de familias adecuadas, para la tarea de criar y educar niños, niñas y adolescentes, víctimas de abandono y otras adversidades.

Con la idea o con el desconocimiento social y técnico de acogimiento low-cost que impera, podemos decir que incluso el acogimiento familiar como medida protectora en España es un milagro. El acogimiento familiar tiene una imagen excesivamente lastrada por un altruismo mal entendido, un exceso de voluntarismo y sacrificio, y una dotación insolidaria por parte de las instituciones y de la comunidad. También le perjudica el pensamiento generalizado de la no‑necesidad de una solvencia técnica, la soledad con la que viven y desarrollan las familias su tarea y la falta de acompañamiento a la que se ven sometidas. El exceso de expectativas o deseos de apropiación de los niños, niñas y adolescentes que son acogidos, por parte de sus acogedores, tiene con frecuencia su origen en la mala imagen que algunos técnicos y administraciones dan de sus familias biológicas y de la falsa peligrosidad con la que se las etiqueta. Tampoco ayuda al acogimiento familiar la cultura de protección basada en no-saber e ignorar el pasado y los orígenes para no originar daños y traumas. Estos ya existen desde hace mucho, pero han sido invisibilizados y el silencio los convierten en trastornos y sufrimientos permanentes e inaccesibles. Todas estas imágenes sacadas de los testimonios de las familias acogedoras hacen del acogimiento familiar una obra heroica.

Hay, por tanto, muchas razones para no considerar adecuada la actual imagen social del acogimiento familiar. Esta imagen debe corregirse para incrementar la captación de familias de acogida y su corrección redundará en un incremento de ofertas y oportunidades para el acogimiento familiar.

Sin duda, en el acogimiento familiar caminamos hacia otros modos de pensar, actuar y seremos capaces de cambiar esta imagen por otra más acorde al deseable Interés Superior de Niños, Niñas y Adolescentes. Esta tarea sigue siendo nuestra esperanza y nuestra tarea pendiente. Otra imagen del acogimiento familiar diferente, que facilite otros modos de decidir y actuar es posible. Lo que le pasa al acogimiento familiar tiene mucho que ver con la imagen que se crea internamente en sus protagonistas y que la proyectan hacia fuera. Tiene que ver con la ignorancia de la comunidad, sus medios de comunicación y las inadecuadas informaciones y formaciones de los técnicos y de las instituciones, que deben de promocionar el acogimiento, darlo a conocer y captar familias con una visión más realista, eficiente y acorde a las necesidades de todas la partes implicadas y sus protagonistas.

Por tanto, con la imagen que se proyecta del acogimiento familiar por parte de demasiados de nuestros conciudadanos, responsables políticos, técnicos, medios de comunicación e incluso algunas personas acogedoras, es muy complicado captar familias adecuadas o suficientes para la tarea de criar y educar niños, niñas y adolescentes, víctimas de abandono y otras adversidades.

Por otro lado, el discurso que posibilita un cambio de imagen ya está en marcha desde hace tiempo y cada vez más voces lo dicen alto y claro: solidaridad, altruismo, buena voluntad, sí, pero sobre todo justicia, solvencia técnica, participación e implicación de todos, recursos especializados y presupuestos económicos más solidarios. Por el Interés Superior de los Niños, Niñas y Adolescentes deberemos mejorar las condiciones del acogimiento familiar y seguramente habrá más familias acogedoras en la medida que la comunidad y sus instituciones incrementen los siguientes elementos:

1.      Dotación económica suficiente y acorde al nivel de dedicación y a la satisfacción de las necesidades de Niños, Niñas y Adolescentes en acogimiento familiar.

2.      Formación inicial y continua, reciclaje y supervisión para personas acogedoras.

3.      Acompañamiento técnico para mejorar la solvencia ante las secuelas de las adversidades y el abandono vivido por Niños, Niñas y Adolescentes.

4.      Estructuras terapéuticas y reparadoras (Sanidad, Educación, Vivienda, Economía, Trabajo…), la comunidad debe ser corresponsable de la satisfacción de las necesidades de los Niños, Niñas y Adolescentes en acogimiento familiar. Tan solo asumir su tarea también con ellos y ellas.

5.      Cercanía, presencia y disponibilidad de todos los recursos sociales, educativos, sanitarios, jurídicos. Basta de lejanía y soledad, que el amor y el acogimiento familiar se construyen en la cercanía y el roce, en sentido amplio.

¿Pueden la ciudadanía, e incluso las personas acogedoras, pensar en la solidaridad, el altruismo, la heroicidad, la buena voluntad, la colaboración, cierto nivel de heroicidad, generosidad y gratuidad, el ser buenos ciudadanos… como motores de su motivación para el acogimiento familiar? La respuesta es claramente que sí. Ellos y ellas se pueden, por supuesto, apoyar en estos valores para considerar su ofrecimiento como un bien moral.

¿Pueden los técnicos, profesionales e instituciones de protección pedir, promocionar, seleccionar formar, acompañar y evaluar el acogimiento en base a estos principios? Claramente no. Los técnicos, los profesionales, las instituciones y los diversos recursos que deben participar y responsabilizarse de la protección de niños, niñas y adolescentes en desamparo y víctimas de experiencias de abandono deben promocionar, seleccionar, formar, acompañar y evaluar a las familias de acogida planteando y aportando los recursos necesarios para que las familias (biológicas y de acogida) y los niños, niñas y adolescentes participen, sean protagonistas del acogimiento familiar, formando y formándose en la solvencia técnica de lo que realmente se necesita, comprendiendo las dificultades y conflictos del acogimiento familiar sin prejuicios ni juicios precipitados, siendo realistas, acompañando y apoyando a los protagonistas en las transiciones y momentos difíciles y asumiendo sus propuestas, sus quejas y críticas.

Haciendo esto se irá creando una imagen y una cultura que puede hacer del acogimiento familiar una tarea a la que toda la ciudadanía se sienta llamada e interpelada a asumir su cuota de responsabilidad social para con los niños, niñas y adolescentes que necesitan de su ambiente familiar y comunitario, de su esfuerzo y colaboración para paliar las secuelas de su abandono y adversidad.